Vayamos por partes... (sigue leyendo en La Nave Consular)
En un mundo perfecto, la cultura estaría tan bien valorada como cualquier otra disciplina económica y todo el mundo tendría acceso a ella, además de un nivel cultural que se ajuste a unos "mínimos" que irían creciendo con el paso de las generaciones. En un mundo perfecto, claro, porque en nuestro mundo actual existe, además de un sistema de valores basado en Gran Hermano y Operación Triunfo, una crisis económica cada vez más aguda en la que la cultura ha sido la primera perjudicada, junto a la sanidad y la educación.
En este marco, en un mundo perfecto, se crearían sociedades públicas o privadas que apoyasen el buen funcionamiento de lo que va mal. En el caso de la cultura, se abrirían las puertas a los mecenas para que apoyaran a uno de los sectores más castigados por la crisis, y se apoyaría a dicho sector para que no desapareciera.
Pero este no es un mundo perfecto.
Los nombres, como diría Gaiman, tienen poder. Si no os lo creéis, sólo hay que echar un vistazo a cada cartel promocional que aparece en la calle: estrellas mediáticas, nombres, anunciando grandes marcas, películas que harían dormir al más estoico dirigidas por directores de renombre se llevan el premio de turno, Best-sellers que pueblan las estanterías cada 12 meses con un nuevo libro del que sólo se recordará el título (y, tal vez, la opinión que el crítico prestigioso dé sobre él).
Hazte un nombre. Cría fama. Solo así lograrás que tu película de 90 minutos pase a durar 9 horas. Solo con un nombre publicarán el libro que ha escrito el negro (Ghostwriter) de turno sin nombre. Los 'críticos' de actualidad darán por hecho que tu obra es especial (no digo ya buena o mala, sólo digna de mención) si, en el catálogo de la exposición que inaugurarán distinguidos personajes de tu sector, reconocen tu nombre. Arial, 153, negrita, subrayado.
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| Un tipo duro posando con el que siempre será "el de 500 días juntos" |
No suelo hablar mucho de tecnología en este espacio, pero también es cierto que no suelo hablar de nada últimamente, así que perdonad que me ausente de los temas habituales para hablar de algo que me tiene la mosca detrás de la oreja desde hace unas semanas: Apple.
Dejemos las cosas claras: no soy un Fanboy de Apple, pero me gusta. Creo que sus productos, al igual que otros muchos productos de otras muchas compañías -todo sea dicho- rozan lo óptimo. Pero no siempre fue así: yo era un AppleHater. Todas las cosas que ahora oigo en contra de Apple ya las decía yo hace años... hasta que usé un iPhone. Durante un viaje por España, un amigo llevó su recién comprado iPhone 3G, y nos sacó las castañas del fuego en una infinidad de ocasiones. Era increíble que algo tan pequeño fuera tan útil.
Por supuesto, acabé jubilando a mi antiguo cacharro sin carcasa, con los botones destrozados, y me hice con un 3G cuando la salida del 3Gs lo abarató. Y lo disfruté. Vaya si lo disfruté... hasta la salida de iOS4, con el que el teléfono perdió fluidez.
Además, por esa época, se rompió mi portátil, un Acer normal y corriente que me acompaña desde hace más de 5 años y que sigue funcionando a las mil maravillas, y mi hermano me dejó su MacBook. Resultado: enamorado. Ese portátil me pareció una maravilla. El sistema operativo, que al principio me costó controlar, se convirtió en un aliado imprescindible en mi último año de carrera. Usar cualquier programa (Photoshop, principalmente) se convertía en algo práctico e intuitivo.
Y un tiempo después, conseguí mi iPhone 4s actual. Una auténtica maravilla de la tecnología. En esa época, ni me planteaba comprar un teléfono que no fuese ese. Sin embargo... Apple: me has decepcionado.
Mucho.
La llegada de iOS6 (sin posibilidad de downgrade) ha convertido un teléfono de última generación en un teléfono que, hoy en día, calificaría de "cualquiera". Sí, hace cosas muy bien, pero también hace cosas muy mal y, aunque entiendo las decisiones que le ha llevado hasta este punto (más o menos), eso es algo que no perdono a una compañía que ha pasado los últimos años vendiendo la "experiencia de usuario" como marca de fábrica. Por primera vez en años, no pienso que mi siguiente móvil sea un iPhone. Además, los tablets... ni loco compraría hoy un iPad de cualquier generación teniendo un Nexus 7 por 250 euros con Google respaldándolo (Un tablet que tampoco considero óptimo, pero sí muy versátil, algo que hace falta hoy en día más que "ser perfecto en las pocas cosas que hace").
Tengo la sensación de que Apple ha perdido un poco el rumbo desde (si, típico argumento) la muerte de Steve Jobs. Además, el hecho de que la competencia sea cada vez mejor no parece beneficiarle en absoluto.
Por el título de la entrada tal vez penséis que voy a hablar de cómo las redes sociales y los nuevos paradigmas de la web han hecho que el escritor de blogs quede relegado a un segundo plano ante la avalancha de información que ofrecen las redes sociales y, tal vez, hubiese puesto ese título a la entrada para encabezar un artículo que acabara diciendo algo así como "el tiempo de los bloggers se ha acabado" o "los bloggers han muerto, larga vida a los bloggers"...
Hace bastante que no dibujo y, entre que me apetecía y que me lo pidieron, acabé haciendo esto a una amiga:

Estaba pensando que llevo un mes con el blog y no me he presentado. Además, aprovechando que mi hermano lo comenta en su blog, empecemos por los comics (las fotos son de una calidad absurdamente mala):
Hace unos meses comencé mi mini-andadura por el mundo de los blogs con X3my, un blog sobre mis "creaciones artísticas", por llamarlas de alguna manera (que ahora tengo un poco abandonado, pero no retirado; para ese espacio quise concentrarme en lo que hacía a nivel creativo y dejé todo lo que hago a otros niveles a un lado. Por ello, hoy he querido dar el pistoletazo de salida a este blog, uno en el que hablar de todo en general, de mis gustos y de mis tonterías en particular, así que no esperéis ver por esa página nada medianamente razonable.