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jueves, 14 de marzo de 2013

Ir al cine



Hace unas semanas fui al cine a ver Mamá, la película de miedo que comenté el otro día en una entrada, y el mayor susto que obtuve fue el de la taquilla: 7,20 euros, una bestialidad que no podía disminuir con descuentos 'jóvenes' por ser domingo, y parece ser que tuve suerte, porque había carteles anunciando que las películas de Warner, por motivos sin especificar, eran más caras. Ya ni hablar de las películas en 3 dimensiones, que parecen cobrar impuestos por dimensión... (Eso es otra: ¿a qué viene el sobrecoste de las tres dimensiones si, probablemente, esos sobrecostes ya se paliaron con la recaudación de Avatar?).

Me recordé a mí mismo hace unos años cuando, mis abuelos y mis padres,  al darme 20 duros, me decían que ellos, con una peseta, se iban al cine, comían palomitas y les sobraba para la hucha. Sí, para eso ha quedado el cine: para recordar cómo nuestros abuelos recordaban lo barato que era antes. Tiempo plus-cuam-pretérito.

El caso es que vi la película con el bolsillo aligerado y la necesidad de hacer algún comentario al respecto para hablar de esta industria que se autoproclama 'en decadencia' y que no deja de amasar dinero a costa de los consumidores. 

Vayamos por partes... (sigue leyendo en La Nave Consular)

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